Perdí la vergüenza hasta el punto de pedirles dinero a mis
amigas o sentarme al lado de ellas a ver si me daban algo, no vendí mi cuerpo
porque puede conservar un resto de dignidad. Ya no quiero volver a sentirme
sucia, derrotada y humillada por seguir esa vida. Alma
La mayoría de las pacientes mujeres que llegan a consulta
son de una edad cercana a los cuarenta años o superior. Para algunas de ellas
el juego es la solución para evitar confrontar abiertamente su depresión y
soledad. En ciertos casos son personas con problemas de abandono, que sienten que ya no son jóvenes y
atractivas; están marginadas en su mundo
social y encuentran en los casinos una
forma de sentir que pertenecen y una
razón para vivir.
Lo que en realidad están buscando no es ganar dinero sino
jugar y olvidarse de sí mismas; quieren alcanzar la zona de percepción en que
sus acciones se hacen indistinguibles del funcionamiento de la máquina. Este no
es una situación que les traiga felicidad; las jugadoras compulsivas se sienten
vacías, atrapadas, y sin control de sus actos. Algo similar a la descripción que
el poeta inglés T.S. Eliot hace de los jugadores de solitario “la cosa mas
parecida a estar muertos”.
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